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  • Foto del escritorLOS TRANSFERENCISTAS.

KAC

Elvia Rosa Castro

Toda asunción de lo colectivo que no esté basada en una necesidad orgánica de la comunidad, cualquiera que esta sea, tendrá cero chance de sobrevivir. El elitismo y binarismo de la Modernidad, unido a la práctica comunitaria impuesta por el socialismo, ocultaron prácticas milenarias del compartir y participar. Pasaron años para que Occidente se reseteara y oxigenara. Es entonces que el siglo XXI está asistiendo a un auge en las políticas que gestionan y revitalizan dichas prácticas. Experto en trabajar con el capital simbólico y lo potencial, el mundo del arte se insertó en esta corriente renacida de intercambio de recursos: un revival que no es estrictamente estético sino filosófico y económico en última instancia, a una restauración que no viene del arte mismo sino de prácticas comunitarias que han probado su bondad y eficacia en el mundo contemporáneo.

Son redes de acción que tienen un fuerte componente de empatía y cultivo de los afectos. El artivismo viene siendo ya una tendencia visible de esta práctica; la otra sería localizable desde los noventa del siglo pasado, con la formación de colectivos artísticos. El pasado 17 de septiembre quedó inaugurada en el Kendall Art Center, Miami, la muestra Unmentionable, del colectivo Los Transferencistas: Lázaro (Lacho) Martínez, Reinier Usatorres y Yosvel Hernández. La transferencia, eje metodológico y vital de este grupo, fue explicada en nota de prensa por su curador, David Mateo: “estimula la introspección analítica y metodológica desde la disolución del ego; concentra sus esfuerzos en la gerenciación colectiva de recursos intelectuales y económicos; compulsa el aprovisionamiento compartido de herramientas y soportes multifuncionales” (1).

Los Transferencistas están integrados por artistas visuales y un músico; y no poseen un centro único de operaciones (Cuba y México por ahora destacan como bases temporales), de ahí que lo multidisciplinar y el nomadismo sean nociones que atraviesan su operatoria, exactamente como la experiencia del urbano carpooling. La transferencia supone trasiego, siendo una estructura abierta de intercambio de dones donde la humildad y el ego blando serían las premisas de partida. La trasferencia implica renuncia y puede entenderse como circulación transversal de recursos, en este caso ideas, humores, influencias, memorias, egos, habilidades. En esta operatoria estético-comunitaria no existe acreedor ni deudor. No se definen tampoco cuáles son los límites de influencia o la autoridad de cada integrante puesto que cada uno forma parte de un licuado que los excede. Todos tributan a esa corriente mayor que es la obra, o mejor dicho, la experiencia artística. Prácticas milenarias asociadas a esta filosofía comunitaria del compartir y gerenciar colectivamente pueden focalizarse en el potlatch americano, en el lumbung indonesio, y en la formación de comunidades renunciantes fundadas en torno a la igualdad y la propiedad social como los Shakers, por ejemplo. También en proyectos utópicos comunitarios del siglo pasado asentados básicamente en el budismo. Mezclas de ese ideal cooperativo han configurado algunos proyectos en el espacio Aglutinador (Curadores come home es remarcable en este sentido), al colectivo Los Carpinteros, a las metodologías curatoriales de Gisselle Victoria, y, recientemente, a la convocatoria de Documenta 15. Pero en la metodología de Los Transferencistas hay más que una pragmática: se trata de un ejercicio sobre la representación misma y los límites del aura artística. Más concretamente, una indagación sobre la estructura formal que modela la representación.

Cuando hablaba del ego blando apuntaba de manera oblicua al papel de la intuición y de lo sensorial en todo este proceso. Las taras del intelecto no permiten avanzar en ese viaje al núcleo formal de las cosas. La obra no sería algo en sí, sino el periplo, su manera de ordenar tal experiencia, dizque ahistórica y atemporal. Entonces vemos que la transferencia no sólo se produce entre ellos, sino en cómo esa búsqueda desinteresada al estilo kantiano (sin la hojarasca contenidista), les afecta gnoseológica y estéticamente hablando.

La experiencia transferencista es un atentando a la identidad, y ahí entendemos que esta, si acaso, es sólo alcanzable en su propia deconstrucción o abrazando la radical y saludable idea de su no existencia como tal. De ahí que su nicho se focalice en la abstracción. Por ello sus obras son un compendio de visualidad líquida, acuosa o magmática –otra vez, el ego diluido-, y exhiban la cualidad de un still de vídeo clip. (Recordemos que hay un componente fuerte de música y audiovisual en este recorrido). Dependen –y son parte- de un movimiento general, más allá de cada pieza en particular.

Existe una colaboración –y empatía- entre ellas: vaivén pero no violencia; repeticiones y pausas. Estados alterados de la conciencia, reducción ritualista del YO. Es en esa galaxia de proceso e infinito; de absoluto y de obra total, que se explican la escala y los grandísimos formatos, aunque digan que el “muralismo mexicano esté en su ADN”. Pero

Unmentionable no sería medianamente entendible sin los títulos de las obras. Es con ellos que Unmentionable remata su cripto vocación. Se trata de alfanuméricos. Son cotos de maya, escapatorias a la acción de nombrar, pues esta no sería más que una arbitrariedad, una distracción que nos aleja de lo “esencial”. En el caso de Los Transferencistas resulta orgánica la idea de evitar “postes indicativos”, pues está en su naturaleza alejarse de todo lo fenoménico, eliminar toda equivalencia y nexo histórico. La cualidad indescifrable de los títulos va más allá de un trivia time, es tan inaprehensible como “la cosa” que tratan de registrar.




Notas:

(1) Ver: David Mateo. “Los Transferencistas en el KAC”.

https://elsrcorchea.com/2021/09/08/los-transferencistas-en-el-kac/

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